La Alegoría de la Caverna
La Alegoría de la
Caverna
La República. Platón. Libro VII, 1-3, 513-18. Trad. De R. Mondolfo
Sócrates: ...En una caverna
subterránea, con una entrada tan grande como la caverna toda, abierta hacia la luz
imagina hombres que se hayan ahí desde que eran niños, con cepos en el cuello y
en las piernas, sin poder moverse ni mirar en otra dirección sino hacia delante
impedidos de volver la cabeza a causa de las cadenas. Y lejos y en alto, detrás
de sus espaldas arde una luz de fuego, y en el espacio intermedio entre el
fuego y los prisioneros, asciende un camino, a lo largo del cual se levanta un
muro, a modo de los reparos colocados entre los titiriteros y los espectadores,
sobre los que ellos exhiben sus habilidades.
Glaucón: Me lo imagino
perfectamente.
Sócrates: Contempla a lo largo
del muro hombres que llevan diversos vasos que sobresalen sobre el nivel del
muro, estatuas y otras figuras animales en piedra o madera y artículos
fabricados de todas las especies... ¿crees que los prisioneros puedan ver
alguna otra cosa, de sí mismos y de los otros, sino la sombra proyectada por el
fuego sobre la pared de la caverna que está delante de ellos? ...¿y también de
la misma manera respecto a los objetos llevados a lo largo del mundo? Y si
pudieran hablar entre ellos, ¿no crees que opinarían de poder hablar de estas
[sombras] que ven como si fueran objetos reales presentes? ...Y cuando uno de
ellos fuese liberado, y obligado a alzarse repentinamente, y girar el cuello y
caminar, y mirar hacia la luz... ¿no sentiría dolor en los ojos, y huiría,
volviéndose a las sobras que puede mirar, y no creería que estas son más claras
que los objetos que le hubieran mostrado?... Y si alguien lo arrastrase a la
fuerza por la espesa y ardua salida y no lo dejase antes de haberlo llevado a
la luz del sol, ¿no se quejaría y se irritaría de ser arrastrado, y después,
llevado a la luz y con los ojos deslumbrados, podría ver siquiera una de las
cosas verdaderas?
Glaucón: No, ciertamente, en el
primer instante.
Sócrates: Sería necesario que se
habituase a mirar los objetos de allá arriba. Y al principio vería más
fácilmente las sombras, y después, las imágenes de los hombres reflejadas en el
agua y, después, los cuerpos mismos; en seguida, los cuerpos del cielo, y al
mismo cielo le sería más fácil mirarlos de noche ...y, por último, creo, el
mismo Sol... por si mismo, ...Después de eso, recién comprendería que el Sol...
regula todas las cosas en la región visible y es causa también, en cierta
manera, de todas aquellas [sombras] que ellos veían... Pues bien, recordando la
morada anterior, ¿no crees que él se felicite del cambio y experimente
conmiseración por la suerte de los otros?... Y considera aun lo siguiente: si
volviendo a descender ocupase de nuevo el mismo puesto ¿no tendría los ojos
llenos de tinieblas, al venir inmediatamente del Sol?... Y si tuviese que
competir nuevamente con los que habían permanecido en los cepos, para
distinguir esas sombras, ¿no causaría risa y haría decir a los demás que la
ascensión, deslumbrándolo, le había gastado los ojos?... Pero si alguno tuviese
inteligencia... recordaría que las perturbaciones en los ojos son de dos
especies y provienen de dos causas: el pasaje de la luz a las tinieblas y de
las tinieblas a la luz. Y pensando que lo mismo sucede también para el alma...
indagaría si, viniendo de vidas más luminosas, se encuentra oscurecida por la
falta de hábito a la oscuridad, o bien si, llegando de mayor ignorancia a una
mayor luz, está deslumbrada por el excesivo fulgor.

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